
Fuente: El País
Hay días en los que el mundo parece moverse al ritmo de una caída y otros en los que parece que cada segundo se alarga infinitamente. Fue en ese momento inmenso, en el que los aplausos se convirtieron en ruido de fondo, cuando Simone Biles decidió hablar, no solo de medallas, sino de algo más íntimo, más humano: la fragilidad.
La noticia de El País nos muestra a una Biles casi desarmada ante el mundo. Tras ser galardonada con el premio Laureus, la gimnasta no solo alzó trofeos, sino también palabras. Dijo, con una sencillez escalofriante, que sigue en terapia y que quiere que todos sepan que funciona.
Biles quiere, por encima de todo, mostrar que no es el triunfo del cuerpo (eso ya lo conocíamos), sino el triunfo de la vulnerabilidad asumida.
El periódico recuerda cómo la fama, tras los Juegos de Río, llegó como una avalancha dorada, pero asfixiante. Y luego vino Tokio, ese momento casi mítico en el que la campeona se atrevió a parar. El mundo, acostumbrado a verla volar, no supo lidiar con el hecho de que ella simplemente… bajara. Fue entonces cuando surgieron los «twisties», esa ruptura entre mente y cuerpo, peligrosa como un error en pleno salto.
Por su parte, El Confidencial sigue una línea similar, pero con un tono que subraya la continuidad de esa batalla silenciosa. La noticia destaca que, incluso tras el regreso victorioso con tres medallas de oro y una de plata de París 2024, la gimnasta no abandonó el proceso terapéutico. Al contrario, sigue en él, como si demostrara que las grandes victorias en el podio no restan valor a las pequeñas victorias dentro de una consulta.
Es esencial señalar que no hay una idealización del sufrimiento. Y menos mal. Durante demasiado tiempo, el deporte se ha alimentado de la narrativa del sacrificio absoluto, casi religioso, donde el atleta era mártir y héroe al mismo tiempo. Pero Biles rechaza ese papel. Más que victoriosa en la competición, quiere ser victoriosa en la vida y en las pequeñas conquistas de las batallas del día a día.
Vivimos en una era en la que el rendimiento se basa en ideales inalcanzables. No basta con hacer, hay que hacer siempre más, mejor, más rápido, más alto. Como si la vida fuera una competición infinita sin línea de meta. En este escenario, la confesión de Biles suena casi subversiva. Decir «necesito ayuda» se ha convertido en un acto de mayor valentía que ejecutar un doble salto mortal con pirueta. En este contexto, es un acto de valentía, pero también de amor propio, elegir cuidarse a una misma, incluso ante las miradas incrédulas del mundo. Porque hay algo profundamente honesto en admitir que el éxito no inmuniza contra el colapso. Al contrario: a menudo lo amplifica.
Ambas noticias coinciden en un punto esencial: la normalización de la salud mental. El País construye casi una narrativa de redención, caída, terapia y regreso, mientras que El Confidencial insiste en la idea de la continuidad: este proceso no tiene fin, solo caminos que recorrer. Y quizá esa sea la mayor lección.
No existe un momento mágico en el que todo se resuelva, como en un salto perfecto que aterriza sin fallos. Al final, queda la imagen: no la de la atleta suspendida en el aire, sino la de la mujer sentada, tal vez en silencio, en cualquier sala, reconstruyéndose lejos de los focos.
Porque hay vuelos que se hacen hacia dentro. Y esos son los que verdaderamente nos salvan.
https://www.elconfidencial.com/deportes/atletismo/2026-04-22/simone-biles-gimnasta-oro-olimpio-salud-mental-deporte_43427https://elpais.com/deportes/2026-04-22/simone-biles-sigo-en-terapia-y-quiero-que-todo-el-mundo-sepa-que-funciona.html

